Veo tu trazo
en el nácar
esquivo
de sus manos.
Y te encuentro hoy,
desnuda ya de todo vértigo,
arropando a tu hijo con los ojos,
mordiendo el hambre que arrebata su sonrisa.
Inmaculada niña - siempre para mí-,
hoy te alejas
madre embravecida.
Me asombras.
Has cerrado con tu amor
todas sus grietas.
Has borrado del camino
sus espinas.

Qué grandísima alegría volver a leerte!
ResponderEliminarQué poema glorioso nos dejas hoy!
magnífico.
Un beso grande!