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En Penumbras... de Magda Robles

En penumbras es donde los sueños cobran vida, junto al crepitar del fuego y el danzar de las llamas...

Quizá el mejor regalo


De pequeña nunca dibujé demasiado bien. De grande eso no ha mejorado demasiado. Pero recuerdo aquel año en que puse todo mi empeño en adornar un trozo de cartulina blanca. Eran los “deberes” en el cole de aquel día, un regalo para mamá. De memoria tracé un jarrón destartalado que teníamos en casa, un ramo de flores, y mil corazoncitos. Ah, u una pequeña mariquita roja con todos sus lunares negros. Ni recuerdo el mensaje que escribí dentro. Imagino que “feliz día mamá, te quiero mucho” o algo así. Mil veces vi esa tarjeta rodando por casa, pero soy incapaz de reproducir las palabras exactas. Mil veces intenté tirarla, y mil veces la salvó ella de la quema. Nunca entendí por qué…

Con el paso de los años alguien anotó una fecha en el reverso. Algún descuidado la manchó de café. Otro más le recortó un trozo, quizá porque había anotado algo importante. Y la tarjeta seguía librándose de ir al cubo de la basura. Año tras año siguió vagando por los cajones de casa. Incomprensible, un trozo de papel casi destrozado que se negaba a tirar. Había recibido otros regalos posteriores, mejores indudablemente, pero este era el más persistente en dejar desaparecer.

Hace meses, cuando el hogar ya no era su hogar, y su deterioro ya era importante, volví a encontrarla entre los múltiples libros y revistas que atesoraba posiblemente impelida por su enfermedad. Lo usaba de marca páginas para una de esas lecturas que ya no podía realizar. No podía creerlo, ¡aquella tarjeta seguía dando vueltas! Volví a leerla, me enfrenté a mi letra infantil y mi terrible dibujo, y sonriendo la devolví a su sitio.

Hoy no recuerdo qué hice con ella cuando recogimos sus cosas… Quizá la rompí en un arranque de dolor, o siga escondida en algún libro de los que tenía consigo. Sin embargo, hoy he caído en la cuenta de que tenía ocho años cuando la traje del cole y la puse en sus manos. Ocho años… Los mismos que tenía cuando un criminal de corazón y de profesión médico la invitó a marchar de su consulta sin tratamiento siquiera porque "con suerte" le quedaban un par de meses de vida. Desde aquellos mis ocho años, vivió con la espada de Damocles sobre su frágil ánimo, y el miedo de que ese año siempre iba a ser el último. Así durante casi veinticuatro años…

Hoy, que ya no puede sacarme de la duda, me vino a la mente que quizá por eso aquella destrozada tarjeta la acompañó durante toda su vida: siempre pensó que era la última. Y hoy, que podría permitirme hacerle un regalo mejor, más caro y sofisticado, solo me queda rescatar del olvido esa tarjeta que tantas veces intenté tirar. Hoy, que no iré a visitarla a su nuevo hogar, y hoy que no le llevaré regalo… Feliz día de parte de aquella niña de ocho años.

2 comentarios :

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